Izkor es la ceremonia de recordación que realizamos en memoria de padres, hermanos, hijos, esposos, esposas, seres queridos… La lista se fue incrementando con los años.
Su origen se remonta a la época de las Cruzadas (1096) en la que las poblaciones judías de Europa sufrieron persecuciones, matanzas y vejaciones graves en manos de los cruzados. Los judíos, presos de la angustia, el dolor y el temor a correr el mismo destino, comenzaron a elevar sus plegarias al “Padre Misericordioso” - “Av Harajamim”- para que se apiadara de ellos y para recordar a aquellos piadosos del pueblo que habían sido masacrados. Con el tiempo, estas fueron incluidas en los libros de oraciones, tomando la forma del Izkor que recitamos en nuestros días. Se recita el último día de Pesaj, el segundo día de Shavuot, en Shmini Atzeret y en Iom Kipur.
Muchas personas asocian Iom Kipur de forma casi automática con ayuno e Izkor, independientemente de sí ayunarán o si participarán de alguna ceremonia. De hecho, hay quienes no ayunan y sólo están interesados en asistir al templo en el momento de Izkor. ¿Por qué será?
Cuando comenzamos a tomar conocimiento de nuestras tradiciones y estudiar un poco la Torá, nos damos cuenta de que somos llamados a recordar en reiteradas oportunidades,
“Moisés dijo al pueblo: recuerden en este día en el cual han salido de Egipto, de la casa de esclavitud” (Éx. 13:3)
“Recuerda el día de shabat (sábado) para santificarlo” (Éxodo 20:8)
“Recuerda lo que te hizo Amalec en el camino, cuando salieron de Egipto” (Deut. 25:17)
“Recuerda lo que Adonai tu Dios hizo a Miriam, en el camino, cuando salieron de Egipto” (Deut. 24:9)
Recordar y hacer recordar. Esto forjó nuestra identidad y nos sostuvo como pueblo a lo largo del tiempo. Conocidos como “el pueblo del libro”, no podríamos ostentar este título tan distinguido sin reconocer que se lo debemos a nuestros antepasados que tuvieron como premisa educar a sus hijos y esto incluye el “recordar”. En esta condición de herederos, debemos entender que esta riqueza sólo se conservará si cada uno es guardián de la misma, es decir, si continúa educando y recordando. Transmitiendo de generación en generación. Pero, ¿Izkor…? ¿Por qué moviliza a tantos? ¿A quién está dirigida la plegaria?
Tantas veces recibimos el mandato de recordar y resulta que en Izkor, somos nosotros los que le pedimos a Dios que recuerde, “Izkor Elohim…” - “Recuerda Elohím (Dios)...”-. ¿Hace falta que Le pidamos que recuerde al Todopoderoso? ¿Es pedido? ¿Es orden? ¿No es un poco arrogante? ¿Podemos darle una órden a Dios?
Tal vez se trate de una situación con algún grado de reciprocidad, recordamos, pedimos que El recuerde, y que nos recuerde. Pero, ¿por qué? ¿Es importante?
Quienes creen en la inmortalidad de las almas, consideran necesario recordar a un ser querido. Pero también podría esconder un poco de egoísmo o narcisismo, “yo recuerdo, porque me gustaría ser recordado”. Por otro lado, recordar forma parte del aprendizaje, de lo que podemos rescatar de las experiencias ajenas, de lo que nos dejó ese ser querido. Así es la evolución, tomamos lo que otro hizo y, en base a eso, cambiamos, continuamos o intentamos mejorar y no repetir errores. Pero, ¿hace falta que Dios recuerde?
Partimos de la base que, si le pedimos a Dios, es que creemos en El, lo hacemos por el ser querido. Si existe un más allá, deseamos que su alma sea bien recibida y que se le brinde un lugar de privilegio. Apelamos a las buenas acciones realizadas por la persona en vida y prometemos realizar buenas acciones -tzedaká- en su nombre para contribuir con la “elevación” de su alma, su “reposo” o “estancia” en su morada eterna. De algún modo, con el pensamiento, anhelamos que el recuerdo de nuestros amados nos guíe por una senda de rectitud y buenas acciones, que su legado nos inspire para ser mejores personas y nos comunicamos así con Dios, para que también se acuerde de nosotros y no nos abandone. Queremos ser merecedores de una vida digna, larga y plena. Recordar durante la ceremonia de Izkor, no se trata sólo de hacer memoria, este ejercicio mental va ligado al compromiso de realizar una acción concreta: hacer tzedaká y la tzedaká tiene el poder de hacer el bien al otro, pero también al que la realiza.
Más allá de lo espiritual-sentimental-teórico-práctico, hay , indudablemente, un factor emocional. Fuera de toda lógica y razonamiento, Izkor nos conmueve hasta lo más profundo de nuestro ser, en ese momento nos sentimos frágiles, indefensos, vulnerables. Nos permitimos llorar, llorar en público, sentimos la pérdida del ser amado a flor de piel. Por un instante, su ausencia nos vuelve a golpear. Esta vez, por propia elección. Nos entregamos de cuerpo y alma y nos liberamos para que aflore el sentimiento, revivimos el amor y el dolor. Se genera en nuestro interior un remolino de sentimientos y sensaciones que se mezclan. Al concluir, nos componemos y volvemos a nuestra vida, con una sensación de descompresión y calma. Sin explicación, algo cambió dentro de nosotros.