Un nuevo año se cierra y pareciera imposible dejar de sorprenderse por las crisis que se profundizan cada vez más y más. Sin dudas este ha sido un año duro para la sociedad argentina, para la comunidad judía y para el mundo en general. Las guerras, las persecuciones, el hambre y la escasez resuenan cada vez más en las noticias y en las mismas casas. En particular, vivimos en una época donde no solo pierden valor las monedas y los tipos de cambio, sino en la que experimentamos una devaluación de las palabras. Tiempo atrás, la palabra tenía peso y tenía el sello de un compromiso moral. ¿Qué esperar de una sociedad en la que no sabemos en quién creer? ¿Se fijaron alguna vez la frase que acompaña a la moneda de un dólar de los Estados Unidos? Allí dice “In God we trust” (en Dios confiamos).
El enorme Yuval Harari, sostiene que la base de cualquier prosperidad es la confianza en el futuro. La confianza es necesaria, no solo en la economía y para fijar el valor de las monedas, sino que lo es para la cooperación, tan necesaria para salir de cualquier crisis. Perder la confianza es sencillo, toma solo un instante. Construirla es un trabajo enorme y requiere la inversión de tiempo y dedicación. Recuperarla, una vez perdida, es sumamente difícil. Y apostar al futuro puede ser peligroso en contextos de mentira, engaño y falsedad.
¿Qué hacemos ante tanto vacío, ante tanta desazón? Cansados de promesas vacías, de recetas mágicas de conejos desnutridos, de fantasías envueltas en mentiras convenientes. Son tantas las voces que se alzan con engaños, incluso en nombre de Dios, que resulta difícil volver a creer.
En el libro de Devarim, el libro de las palabras, Dios asegura que nos acompañarán voces proféticas: “Un profeta como tú les levantaré en medio de sus hermanos; pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande.” (Devarim 18:18).
¿Qué quiere decir como tú? ¿A quién se está refiriendo? De la literalidad del texto se podría inferir que se trata de Moshé. Sin embargo, la Torá pareciera estar hablándonos a cada uno de nosotros. “Un profeta como tú”: ¡Vos podés ser profeta!
¿Pero acaso no terminó la profecía ya? ¿Podemos ser nosotros nuevos profetas? ¿Qué hace falta para tener dicho don?
RaMBaM explica en su Guía de los Perplejos, que una de las características fundamentales que debe tener el profeta es la imaginación. En ese sentido, el mismo Harari también sostiene que la otra base de la prosperidad, es la imaginación. Porque la imaginación es la que nos asemeja a Dios y nos permite crear mundos y alternativas diferentes a las que vivimos. La imaginación es la que nos da la posibilidad de recorrer diferentes caminos, de explotar nuestra capacidad creativa para cambiar la realidad. La imaginación es la que nos permite soñar con los ojos abiertos. Nechi Peres, contaba las grandes cualidades que su padre (Shimón Peres) tenía y que debían ser emuladas: ser optimista, ser positivo, usar la imaginación, nunca rendirse y siempre mirar al futuro.
Si esperamos que en algun momento algo cambie, posiblemente nada cambie. Pero cuando algo no cambia, lo que puede cambiar es uno. De ahí que la palabra Leshanot (cambio) comparte su raíz con Shaná (año).
Atrevámonos a soñar. Atrevámonos a creer en una sociedad diferente. Apostemos a que nosotros seamos los agentes de cambio del nuevo año que comienza. Comprometámonos para cambiar, al menos, el mundo cercano que nos rodea. Para poder volver a construir una nueva realidad, ser coparticipes de la creación constante del mundo, donde se luche contra la mentira, la falsedad y la devaluación de la palabra. Donde nuestro compromiso imaginativo supere a la realidad y a la verdad impuesta, como nos la contaron. Tal como decía el dramaturgo español, Enrique Jardiel Poncela: “La verdad se parece mucho a la falta de imaginación".
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1 Yuval Harari, “De animales a Dioses”, pag. 338
2 Moshéh ben Maimón, Córdoba, 1135 - El Cairo, 1204