Si hay una palabra que utilizamos cotidianamente es ¿estás conectado?… ¿está en línea?… ¡perdí la señal! Lo primero que preguntas cuando entrás a algún sitio es ¿tienen wi-fi?: Habrán notado que es un fenómeno que nos invade, que se convirtió en un hábito de vida y en algunos casos (a mi humilde entender) en un trastorno para la vida.
No hay horario para whatsapp, no hay horario laboral, todos debemos estar disponibles todo el tiempo y a toda hora… ¿raro, no? ¿real, no?
Estoy en el avión y a los quince minutos de vuelo observo como mi vecino llama a su oficina para saber si hay alguna novedad… “Recién despegó!”
Ni qué hablar cuando estas cenando con amigos y se supone que mantenés una conversación… cada uno de los comensales está chateando con otro que no está en la mesa. Abriendo un video que recibió o leyendo el twitt de último momento.
El celular se convirtió en la extensión de nuestras manos. ¿Exagero?
Si durante años hemos tratado de vivir con el slogan “mantenete comunicado” creo que ahora necesitamos promover uno que diga; “dejame preservar mi privacidad, necesito estar conmigo misma, un rato”.
¿Por qué esta queja? No porque quiera volver al pasado -donde conseguir un teléfono era un lujo- pero sí quiero resignificar los símbolos del pasado. Cuando nada de tecnología existía. El shofar nos convocaba, nos llamaba a reunirnos, nos alertaba, nos advertía de la salida a las conquistas. La voz que estremece, que llora, que ríe y que canta.
Quisiera invitarlos a hacer una reflexión: De la misma forma en que un atleta debe prepararse antes de comenzar sus ejercicios o uno debe prepararse para disfrutar de un concierto; debemos prepararnos para lograr mayor espiritualidad. No podemos saltar del mundo exterior al mundo interior sin prepararnos.
La sociedad en la que vivimos nos vuelve anónimos, perdemos nuestra identidad, confundimos los valores, somos como otros nos definen. Buscamos gustarles a todos… Vivimos postergándonos. ¿Qué queremos nosotros de nosotros?
Por todo ello, es que hoy más que nunca deberíamos hacer una nueva revolución: desarrollar el arte de estar conectados con nosotros mismos. Hoy se abre la oportunidad en el cumplimiento de la mitzvá de escuchar el shofar, esa debe ser nuestra conexión.
Hace varios siglos, el Rabi Najman de Braslav escribió a sus discípulos acerca de cómo debemos vivir. En un mensaje, él insiste en que cada persona debe estar a solas, cada día, algunos minutos. Cuando algunos le respondían, “no tengo tiempo”, “no puedo hacerlo”. Najman respondía: “Aquel que no consigue estar a solas consigo mismo, debe ser muy pobre compañía para otros”.
Sé que no es fácil. Somos educados para la acción. Somos parte de una sociedad presionada, ruidosa, acelerada, donde cada invento tecnológico nos hace más dependientes que independientes. Eso no es sano para el alma.
Verdad es que también tenemos miedo al silencio, tememos estar a solas con nuestros pensamientos. Nos es difícil distinguir y confundimos la soledad con estar solos. Claro, que si alguien me llama y respondo: “estoy ocupada en otra llamada” lo entenderían. Pero si respondiese: “no puedo atender porque estoy en comunicación consigo misma… o perdón pero me estoy escuchando a sí misma”… Más allá del enojo por la no atención, alguno pensaría… ¡pobrecita!
Los invito a que pensemos juntos: Si no lo hacemos, ¿no seremos una pobre compañía para otros? Si evitamos darnos la oportunidad para detenernos a meditar, escucharnos, preguntarnos, buscarnos: me pregunto y les pregunto ¿Qué tipo de vida vivimos?
Por ello insisto: necesitamos momentos de soledad en nuestras vidas. En un mundo donde hay tantos cursos de comunicación, coaching y oratoria, debemos aprender a recuperar el silencio.
En un mundo invadido por tantos ruidos, debemos recuperar la habilidad de prestar atención a los sonidos silenciosos que salen del alma. Y ese es el mensaje del shofar. Darle una oportunidad a nuestra voz interior.
En las palabras del profeta Isaías (30:15): “en la calma y en la quietud encontraras tu salvación y en la serenidad encontraras tu fuerza”. Porque aquel que no consigue estar a solas consigo mismo, debe ser una compañía pobre para los otros.
Estos días preparate para un entrenamiento emocional, sensitivo y auditivo. Preparate a abrir tu corazón y escucharte.
Para que puedas aconsejarte como haces con los demás. Para que puedas mimarte como haces con los demás. Para que descubras tu dolor y puedas apaciguarlo descubriendo que tenés la fuerza y la entereza de hacerlo, y así resignificar la frase de Rab Najman, y poder decir: este año comienzo preparándome para escucharme a mí mismo. ¡Cuanto más podré ayudar a los demás!
¡Shaná Tova Umetuka!